Algunos éxitos imperecederos como el “Arre borriquito” o “Campana sobre campana” podrían dejar de serlo en unos años. Sí, es cierto que nuestros oídos agradecerían no volver a escuchar cómo los pastores llegan a Belén. Por lo demás, sólo asistiríamos a la paupérrima desvirtuación de nuestro acervo cultural y patrimonial.
No sé cuál es la diferencia. ¿Acaso nadie les ha explicado que el que yace sobre la cuna es el mismo que está en la cruz? A ver si por treinta y tres años nos vamos a enfadar y el significado de la efigie va a ser otro.
La carga de la herencia cristiana de Occidente, en su raíz católica y protestante, recae sobre las espaldas de los cristófobos como un lastre. El artículo 16 de la Constitución garantiza la aconfesionalidad del Estado –cuidado, no laico-. Allá cada cual con sus dioses, pero como ha pronunciado el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, “se han de tener en cuenta las creencias religiosas de la población española”. Y apostillo: también se ha de respetar la fe de los que profesan el Islam, el Judaísmo o el Budismo. ¿Se siente atacado un ateo por la kipá que porta un judío? ¿Y un católico por las estatuillas con que el paganismo representaba a sus dioses penates? Es imposible que el que profesa indiferencia se sienta herido. Para un ateo, contemplar un crucifijo y oír llover deberían ser la misma cosa.